El amor de dar y de quitar
es mentira humana,
nunca verdadero amor.

¿Es rico el hombre… por estar vivo?

Mensaje dirigido por Emmanuel a su hermano:

Mi muy esperado Israel

Llega el momento de encarar muchas y muy grandes decisiones,
y es difícil no quedarse varado en alguna playa del ayer,
por el temor a abandonar lo que hasta este momento,
hemos considerado un puerto seguro.

“Es difícil ver de frente aquello que hemos atesorado,
y sin otro argumento decir
simplemente adiós”.

Y partir, porque ya eso
no forma parte de nuestra vida consciente,
de nuestro aquí y nuestro ahora.

Pero si bien el abandonar rostros familiares
y bellos sentimientos es difícil
no impone nunca un adiós, sino más bien un hasta pronto.

Y aunque nuestros ojos mortales
no vuelvan a detenerse en esos rostros, en esas manos,
nuestro libro vivo mantendrá para siempre
mientras dure nuestra existencia,
su presencia indeleble en nuestras vidas.

Ya que cada ser con el que hablemos,
con el que compartamos, o simplemente
con el que cruzamos una mirada a lo largo del camino…

“Dejará en nosotros una huella,

una traza de Ser en el nuestro”.

Pero no ocurre lo mismo con nuestros bienes materiales
y verás algún día querido hermano mío,
que para muchas personas,
es más fácil despedirse de un ser querido,
que de una posesión, que de un bien material.

Y es que a lo largo de nuestro paso
vamos acumulando tantas y tantas cosas,
hermosas unas, útiles otras,
valiosas o buenas para hacer ostentación…
y nos atan más en muchas circunstancias
que el amor o la amistad de un ser vivo.

¿Recuerdas al anciano Natanael, que perdió a su amada esposa
y aceptó la pérdida como un designio divino?.

Murieron sus dos hijos por la fiebre
y también aceptó esto como un designio divino.

Pero cuando los soldados llegaron,
robaron sus pertenencias y diezmaron su rebaño,
entonces salió a las calles llorando
con la cabeza cubierta de cenizas…
clamando al Padre:

¿Porqué había permitido

que le quitaran lo único que tenía en la vida?

Y en medio de este drama, se llevó las manos al pecho y murió.

Todos le vimos morir por perder sus posesiones.

Para él, como para muchos,
lo que se posee en una vida,
es más importante que esa misma vida.

“O que la vida en sí misma”.

Y convertimos nuestros días en un arca
donde guardamos y guardamos monedas, joyas y objetos.

Nos miramos a nosotros mismos, y decimos que somos ricos.

¿Has visto qué absurdo?

Nos llamamos ricos.

Porque atesoramos objetos,

que cualquiera puede venir a arrebatárnoslos.

Y no queremos ver, que lo único que atesoramos,
lo único que tenemos,
es lo que llevamos con nosotros en todo momento:

Nuestro hogar interior y nuestra esencia,
riquezas únicas generadas el primero
de nuestro pie en la tierra,
y el segundo
de la aceptación de nuestra dualidad.

Es ese el punto de unión, entre este “ser”
al que hemos dado un nombre
una identidad a la cual llamamos Yo o Tu,
y la “chispa divina”
que conforma nuestra esencia imperturbable e inmutable.

Y la esencia,
Israel, que hace del ser
algo más que un depósito de piel
para unos órganos que funcionan para mantenerlo en pie.

Es “la esencia”,
la que hoy aquí me permite ver tus ojos y sentir amor,
ver la creación y sentir amor.

Y pararme bajo el sol aquí y ahora,
inspirando este aire que huele a mar antiguo
y a viejas embarcaciones largamente perdidas,
y decir:

¡Oh Padre!

¡Amo este don maravilloso que se llama vida!

¿Quién puede arrebatarte tu esencia?

Nadie,

pues al momento de la muerte, ella retorna a sí misma,
reconsidera su existencia y tomando conciencia de ella,
se hace existencia pura, es decir amor puro y universal,
del que mana todo el universo.

Puedes seguir los trazos de esta esencia
a lo largo de miles y miles de lunas.

Ella aprende, evoluciona, crece en el amor
y se transforma en amor.

Regresa en el amor a la vida material
para transitar aquello que aún debe entender.

Y al final,

cuando ya es sólo…

“esencia palpitante de amor que todo comprende”…

regresa al Padre y acepta la Misión Universal
de mantener la llama siempre viva

“Siempre presente”

¿Alguien hay en todo el Universo, que pueda arrebatarte esto?

Pueden tomar todo lo material que posees,
pueden dañar el vehículo precioso en el que moras…

¿Pero el amor… la luz que mana de ese amor… tu esencia?

No puede ser tomada por nadie.

Puede compartirse en el amor,

puede dividirse en el amor,

pero siempre será ella…

“Y esa es la mayor riqueza que todo ser vivo posee”

Cuídate, Israel, de aquel amor que llega a ti
y te habla de amor condicionado
a lo que tu estés dispuesto a quemar en su ara.

“El amor de dar y de quitar…

es mentira humana,

nunca verdadero amor”.

El amor cuando es real entiende todo,
perdona todo y crece contigo.

No limita tu evolución, no encadena tus alas.

Por el contrario,
antes de cortar tus plumas para evitar tu vuelo
se abraza a ti y dice:

“Ven amado, volemos juntos”

Cuídate, Israel,
del que te dice que si no obedeces te ha de quitar algo,
pues éste sólo tasa al amor
y lo convierte en una pieza de metal
que se puede comprar en dinares.

“Es sólo una transacción… no es amor”

Huye de él, pues es éste el amor en venta
que roba la alegría al amar
y envilece la posesión del lecho.

Cómo insultan y con qué facilidad
desprecian a la pobre hetaira
que alquila sus caricias por unas cuantas monedas.

Cómo la acosan, la disfrutan
y cuando la ven con otro escupen su nombre,
la llaman ramera…
porque vende ella su amor
y alquila su cuerpo al que así esté dispuesto a pagar.

Pero si en el hogar dicen a su compañera:

¡Has de amarme de esta manera o de esta otra,
haciendo esto o esto otro,
porque sino te llevaré de regreso con tus padres
bajo la luz del día y mancillaré tu nombre!

¿No la obligan entonces a alquilar su amor,
a vender sus caricias
por el valor de una seguridad,

de un hogar,

de un techo o

de un nombre?

¿No la vuelven una hetaira, pero sólo a su servicio?

“Cuídate de llamar amor a esto”.

Cuídate de llamar riqueza
a aquello que puedes esconder en un baúl

y cerrar con un cerrojo.

Y si sientes que lo que está en ese baúl traba tu vuelo
y recorta tus alas…
ve a la plaza pública y dónalo a los otros.

No permitas que algo que se pueda comprar

se vuelva el precio de tu vuelo

“se vuelva el precio de tu ser”.

“Eres inmensamente rico,

pues posees en ti el don más valioso del Universo

la esencia que da vida”

Y no puede todo el oro del imperio,
comprar un solo día de vida para el Cesar.

Y no pueden todas las gemas del mundo,
acortar tu camino de regreso al Padre.

Antes por el contrario, pueden convertirse en pesada ancla,
que no dejará que tu barca zarpe.

“Es rico el hombre, por estar vivo”

y aunque en tus manos esté el más hermoso de los objetos…

Éste pasará de ti a otro.

¿Vale la pena acaso, matar o morir por algo
que tan fácilmente se cede o se obtiene?

Mira el mar a esta hora, bello Israel,
siente la brisa, siente su olor.

Abre tu pecho y siente en ti
la presencia bellísima de todos los seres de la tierra
y flotando entre ellas, como una sutil armonía,
la presencia hermosa y única del Padre
en la forma del “amor que da vida”.

Deja que tu pecho se llene de esta presencia
y retorna a mí para decirme:

¿Si en ese instante de plenitud,

puede haber alguien en el más costoso de los palacios,

cuya fortuna pueda siquiera acercarse levemente

a esa… “Epifanía” de felicidad

que da el sentirse uno con todo esto?

Será tu vida tan rica,
como los miles de caminos que ella recorra,
como las miles de miradas que recoja,
como los miles de sinceros abrazos que dé y que reciba…

Y será aún más y más grande
mientras más grandes sean las manifestaciones del amor,
que a tu amor se acerquen para darse y compartirse.

Libérate pues de aquello material que te ata,
si así lo sintieres,
pero acepta la buena recompensa por tu labor,
si es tu trabajo honrado y sincero el que la ha ganado.

Compra aquello que necesite tu casa
si en realidad existe esa necesidad.

Lleva el presente para la amada,

pero como presente de amor,

no como pago del amor.

Disfruta aquello que tu mano
y tu pie han ganado con esfuerzo,
disfruta el fruto de la tierra que tú has labrado
y disfruta la estera que con tus manos has tejido.

Pero cuídate de convertir la tierra, el fruto y la estera,
en algo más importante que el ser que las posee.

“Has de poseer tú la propiedad,

no es la propiedad quien se enseñorea de tu persona”.

Cuentan de un hombre que envidiaba
todo lo que sus hermanos poseían.

Si su mujer era buena, la del vecino era mejor,

si su tierra era buena, la de su hermano era mejor,

si su salud era buena, la del otro era mejor.

Constantemente trabajaba para guardar más y más monedas,
hasta que su vida se convirtió en una sola jornada de trabajo

–trabajo que al ser hecho por el afán de atesorar riqueza,
pierde su carácter de digna prueba de la templanza del hombre
y se transforma en vil explotación del hombre,–

“que olvida al hombre y empobrece al hombre”.

Llegó así el hombre a la ancianidad
y era su hogar depósito de muchas
y muchas arcas repletas de monedas.

Pero aunque la muerte ya tocaba su puerta,
seguía el hombre envidiando las posesiones de los demás.

Llegó la muerte y le dijo:

¿Vendrás conmigo ahora?

El hombre sintió miedo y le dijo:

Pobre de mí,
que viene la muerte injustamente cuando mis vecinos
que han trabajado menos que yo,
aún disfrutan de buena salud y próspera vida.

Es injusta tu presencia en mi vida, muerte,
pues he trabajado mucho.

Mientras que aquellos que sólo consiguieron con su trabajo
lo esencial para sus días, durmieron jornadas enteras
y descansaron muchas horas…
esos que perdieron el tiempo jugando a la taba,
o contando pícaras historias en las mesas del camino,
seguirán viviendo después de que haya muerto yo.

Y le dijo la muerte con una sonrisa:

¿Entender, no puedes, que ése, tu cuerpo,

fue dañado por el exceso de trabajo?

¿Que esas, tus manos,
ya no poseen fuerza para abrazar a tus hijos,
pues el exceso de avaricia las hizo inmunes a las caricias
y secas para el amor?

¿No has visto como has hecho miserable tu vida y la de los tuyos?

Pues has dado más importancia a lo que guardan esas arcas,
que al amor de tu mujer y tus hijos,
que aunque ricamente vestidos y alimentados,
hubieran dado todo eso que poseían
por poder abrazarte tiernamente
y compartir tu amor.

Pero pensaste que es un vestido el sustituto de un beso
y una moneda el sustituto de una caricia.

¿Y no viste cómo para ellos,
el ser amable que habitaba en ti,
hacía largo tiempo que había muerto
y en su lugar quedó un cofre del cual sacar monedas?

Y dime:

¿Ama alguien a un cofre,
duerme feliz una mujer al lado de un duro y frío cofre,
extrañará un hijo a un objeto que nunca fue un abrazo
y que nunca fue una palabra de amor?

No,
olvídalo… ven conmigo que ya es hora
y observarás como todas esas monedas
van a tener a múltiples manos,
mientras tu cuerpo se corrompe en tu lujoso sepulcro.

Ea, pues marchemos ahora.

Y el hombre murió
sin poder recordar la última vez,
que un amigo se acercó para compartir su pan,
sin esperar una moneda a cambio.

Shalom, bello Israel

Tu hermano

Emmanuel

Todos podrían herir a la verdad.

Pero nadie podría matarla.

José Narosky

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