«Porque el mensaje es lo realmente importante.

No el mensajero».

Más importante que la entrada
o la salida de las personas en nuestra vida,
es lo que de ellos queda en nosotros.»

Ser como libros vivos

Mensaje dirigido por Emmanuel a su hermano Israel:

Hace tanto tiempo desde la última vez que hablamos…

cuánto:

¿10 segundos, 10 días, 10 eones?

No tiene importancia, pues siempre que nos encontramos,
es tan grande el sentimiento.

Aún recuerdo el día en que te dije que me marcharía.

Nuestras sandalias apenas si nos protegían
de la ardiente arena que se humedecía con el agua del mar,
de aquel mar que habíamos recorrido tantas veces.

Pescando, atrapando en nuestras redes
los plateados frutos de aquel mar
y atrapando en nuestros corazones
las dulces miradas y el amor de aquellos
que se acercaban en busca de un signo o una palabra.

Tus ojos llenos de una infinita ternura,
se clavaron en mi rostro y dijiste algo así como que:

“No podía marcharme
ahora que la idea, la palabra y el mensaje,
estaba en boca de muchos”.

Y yo te dije que era por eso que debía irme…

“porque el mensaje era lo realmente importante,

no el mensajero”.

Y era hora de que los que lo portaban

–porque al oírlo habían construido en sus corazones
un cálido nido para Él–

lo llevaran a todas partes con sus propias palabras
y en sus propios idiomas.

Porque yo sólo había venido
para despertarlos de su sueño y gritarles al oído:

Que no existía tal cosa como una separación entre ellos y el Padre

y que no había más camino hacia Él,
que el camino que nos conducía de vuelta
a cada uno de nuestros corazones, porque:

“Sólo era realmente sagrado aquel sitio
donde en plena paz y consciencia del momento presente
uno o más de mis Hermanos se reconocen

y plenamente conscientes

permiten que el Amor del Padre
se manifieste en medio de ellos”.

Porque sólo existe una verdad:

Y es que el Amor del Padre
no conoce, no espera, ni admite diferencias entre sus hijos,
que todos somos eso y sólo eso,

SUS HIJOS,
y por lo tanto HERMANOS.

Y que no existe nada que pueda llamarse culpa,

que pueda llamarse transgresión o pecado,

y que tenga el poder de acallar la voz interior del Padre…

Ni pueda atenuar su amor.

Tú… que eras todo celo y toda fuerza,
quisiste encontrar algún argumento para retenerme entre vosotros.

Me hablaste de los millares de seres
que esperaban por mi palabra o por mi presencia.

Me imploraste
en nombre de los tiempos difíciles que vendrían
y en nombre de aquellos que aún no estaban.

Y yo sentí que el inmenso lazo de amor
que manaba de tu fiel corazón fraterno,
era tan grande y luminoso,
como el sol que calentaba la arena y entibiaba el mar.

Y quise tener en mis manos algún don especial que ofrecerte
en señal de amistad y de hermandad.

Pero ante mí sólo había agua y arena…
luz de sol y viento…
y la presencia magnífica de mi hermano y amigo.

Me incliné y tomé un puñado de dorada arena
y tomando tu mano la deposité en ella.

Y te pregunté:

¿Oh dulce y fuerte Israel,
puedes acaso proteger este puñado de arena
para que no lo disperse el viento,
ni lo arrastren las aguas, ni lo caliente el sol?

Y tú, cerraste tu puño sobre la arena
y ésta se iba colando entre tus fuertes dedos
arrastrada por el viento marino, que esparcía los granos
sobre el agua que los llevaba muy lejos…
muy lejos bajo el sol.

Tus ojos se llenaron de lágrimas
pues entendían que así como esa arena

-–imposible de detener-–,

así era mi mensaje
y que si bien era importante
la mano que lo había depositado en la tuya,
una vez que esto se había hecho
era imposible detenerlo y ni siquiera vislumbrar
en qué sitio bajo el sol se iba a arraigar.

Me acerqué a ti, puse mi mano sobre tus hombros
y así como hermanos caminamos la playa,
y vimos regresar las barcas y llegando a las rocas
me pediste que te explicara que iba a ser de ti,
cuando yo ya no estuviera.

Y en ese instante comprendí,
que le habías dado más importancia a mi presencia en tu vida…

Que a la vida en sí misma.

Y aunque eso era realmente hermoso
no era eso lo que vine a hacer.

Con el profundo Amor del Padre
manifestado en ese momento te dije:

Que la vida de cada ser era única, breve y esplendorosa
como la fugaz primavera del desierto.

Que era cada ser, cada individuo, un camino en sí mismo…
y que el don de la vida se entregaba

para ser profundamente vivido,
amado y sentido por cada uno,

pues esta vida era la manifestación del Amor del Padre…

Y ello era lo único sagrado del Universo.

Que no era importante

la entrada o salida de las personas en nuestra vida,

sino lo que de ellas quedaba en nosotros.

Y que teníamos que “ser como libros vivos”,
para que escribieran en nosotros
cada uno su particular sabiduría,
y para que aquellos que por nosotros pasaran,
agregaran a sus libros,
páginas en las que nuestros recuerdos
fueran como las flores en un jardín.

“Que debíamos bendecir las bienvenidas
al igual que las despedidas”.

Y que si existía un real amor humano entre dos seres…
este amor no reconocería jamás ni tiempos ni distancias,
porque aunque era sólo un pálido reflejo
del Amor Universal del Padre…
era también una manifestación de amor
y por lo tanto eterna y única en su peculiar desarrollo.

Hermoso Israel, hermano mío, amigo mío:

Ve y diles a todos
que el tiempo de las ideas rígidas,
de los rituales rígidos y las verdades sagradas,
está próximo a morir.

Y diles que no teman,
que el futuro en el que el hombre sólo debe responder

al Dios vivo que mora en su Ser,

y que el tiempo en que cada uno sólo pedirá ser
un fiel y firme instrumento del Amor del Padre,

será el tiempo de la final unificación…

Y del innombrable Perdón.

Y que aunque muchos de nosotros debamos marcharnos en el proceso,
lo que quede de nosotros, nuestra esencia y nuestro mensaje…
será siempre, siempre, siempre…

Más grande y luminoso que los mensajeros.

Tu hermano

Emmanuel

Ser como Libros Vivos

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